01 enero 2009

Delirium tremens

Esta semana publico un día jueves debido a mis vacaciones veraniegas, misma razón por la cual defraudare a mis seguidores –chan- la semana entrante.
El texto que esta a continuación es una pequeña historia escrita el ultimo día del año pasado-o sea ayer-, como notaran tiene final abierto para que todos los completen a piachere.
Saliendo para Santa Rosa de Calamuchita me despido hasta la vuelta.

La noche había pasado, ya no sentía ningún tipo de culpa, todos sus males, todos, estaban ya lejos, desaparecidos tras el último espacio que el sol radiante de la nueva mañana mostraba.
A su alrededor solo quedaban unas cuantas botellas vacías, las cuales, llenas la noche anterior habían brindado la cálida alegría que suelen dar los alcoholes, aquellos que animan las almas mas débiles y preparan los corazones más duros para el festejo, el cual era inevitable esa noche.
La brisa matinal golpeaba su rostro, el viento movía su largo cabello castaño, cubriéndole ocasionalmente los ojos, pero esto no importaba, su mente no estaba ahí,. Su cerebro buscaba las imágenes de la noche anterior, sabía que había tomado pues la escena no le revelaba nada más, pero ¿Por qué?, ¿por qué estaba solo?, ¿y en ese lugar? Cientos y cientos de imágenes iban y venían en su mente, parecían flashes, pero ninguna lograba tener una lógica, en su mente parecía no existir el tiempo y encima la cabeza le estaba por explotar, demasiada bebida para razonar se decía a si mismo.
En la boca un sabor amargo, la garganta seca, lo llevo en la búsqueda de algún líquido en el fondo de algunas botellas que estaban a una poca distancia de su mano, esto ayuda a la garganta, pero poco a la cabeza.
El amanecer prosiguió su curso, ya habían pasado unas horas desde el alba, y la mente empezaba a recordar un poco más, las imágenes ahora eran acompañadas de sonidos.
Parecía una fiesta, veinte o veinticinco personas estaban con él, algunas caras le resultaban conocidas, todos gritaban, reían y parecían felices, alcohol sobraba y un anciano sentado a su derecha no dejaba que su copa quedara vacía.
En su recuerdo aparecía una joven hermosa, de la cual no podía apartar sus ojos, ella parecía responderle con miradas fugaces que insinuaban algún tipo de interés, al menos eso pensaba.
La noche continuó con brindis, interminables, casi podía recordar la impaciencia que sentía por terminar estas formalidades y encontrar un momento oportuno para entablar diálogo con la musa de esa noche.
Esperó, como cazador que acecha a su presa, el momento más oportuno para acercarse al objeto de deseo de la noche, la cara se hacía un poco difusa, pero sabía que era de una hermosura poco normal -quizá exacerbada por las copas que traía consigo-..
Nada más podía recordar de la noche anterior, así que trató de orientarse un poco, parecía estar en una especie de muelle semi abandonado, o que al menos no se usaba seguido, los tablones de madera parecían viejos pero todavía se mostraban resistentes, el rió al que desembocaba no tenía una gran correntada, y cada pocos segundos golpeaba contra la orilla una mezcla de arena y tierra. El lugar, a decir verdad, transmitía cierta calma e inspiraba a la meditación, nada mas oportuno para un transeúnte que busca reconstruir sus últimos movimientos.
Su respiración profunda parecía consumir todos los demás sonidos del ambiente, sólo esporádicamente era interrumpido por el ruido de algún tipo de ave que no debía de tener muy lejos su nido.
El sol ya había posado sobre su cabeza, para cuando el estómago empezó a gruñir, un poco por los excesos de la noche anterior y otro poco por hambre, esta vez sin embargo no encontró nada para sofocarlo. Solo le quedaba sentarse y tratar de ocultar su apetito con algún tipo de pensamiento. Pero la cabeza en estas circunstancias no suele tener mucho recorrido y rápidamente volvían los recuerdos de la noche.
El muchacho se acercaba a la dama, conversaban, todo parecía ir bien, le pidió a la joven ir a un lugar más calmo para hablar tranquilos, atravesaron lo que parecía un gran salón, en este se encontraban las personas que antes celebraban con él. Luego las imágenes imitaron la forma que adopta la televisión al perder la señal... cuando todo desapareció, se encontraba nuevamente en el muelle, pero esta vez era de noche y la muchacha lo acompaña.
La situación parecía un cortejo normal, hasta que en un momento, el se abalanzó sobre ella como una animal inundado por el deseo, sin razón alguna, producto del ardor del momento y del elixir bebido para conseguir liberar las cadenas de la timidez.
Los jóvenes forcejearon, la chica logró escapar, no sin antes deber propinarle un rodillazo en las partes blandas.
Otra vez solo, sin premio y sin consuelo más que la botella que llevaba consigo así junto al muelle y con la noche como compañera tomó de esta hasta que ya no quedó trago alguno. Un rato después aquel anciano que se sentaba a su lado le traía otra botella y le decía algo que no recordaba, lo extraño era que esta vez la cara de aquel hombre no le resultaba para nada extraña.
Un frío helado recorrió su cuerpo, una sensación de malestar, de haber cometido un error enorme parecía apoderarse de él, ya recordaba el mal de la noche anterior, ya sabía cual había sido su falta. La resaca y el hambre se volvieron sensaciones superfluas casi imperceptibles, lo único que guiaba sus sentimientos era la sensación de haber cometido la macana de su vida.

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